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LA CAZA DEL CORZO EN PRIMAVERA

Por FLORENCIO A. MARKINA LAMONJA
Dr. en Ciencias Biológicas
Presidente de la Asociación del Corzo Español
ARAN NAVARRA SERVICIOS MEDIOAMBIENTALES, S.C.

Con la salida de los primeros brotes y el arranque de los campos de cereal, en los primeros días de la primavera, el campo, aun tamizado de ocre invernal, comienza a desperezarse tras su largo período de aparente reposo. Es un tiempo de actividad frenética tras la obligada quietud, en la que el ahorro de energía, ha sido la máxima para aguantar los fuertes rigores climatológicos. Un período en el que además, los machos de corzo, han estado desarrollando la nueva cuerna a partir de sus propias reservas minerales. Quizá aquellos corcinos tardíos han pagado, a estas alturas, el precio de la selección natural y no han conseguido superar el gélido invierno. Por otra parte, los que han conseguido sobrevivir, ven ahora como, a medida que se aproxima la época de partos, sus progenitores comienzan a desarrollar de nuevo el instinto territorial que, inevitablemente, les va a obligar a salir en busca de nuevos terrenos donde establecerse.

Mientras, los machos, muchos de ellos recién descorreados, pasan mucho tiempo marcando frenéticamente cualquier vástago vegetal que quepa entre sus cuernas.

Por cierto, atención a las carreteras, porque estos meses primaverales son los más peligrosos, en lo que a atropellos se refiere, debido a esta incesante actividad de los corzos, lo que nos obliga a extremar las precauciones en horas crepusculares.

Es en ese momento, cuando la estancia en el campo se torna placentera, cuando a través de unos prismáticos, se abre ante el aficionado una ventana a la naturaleza en su máxima expresión. Es cuando la caza del corzo se convierte en pretexto para la salida al alba. Es la hora de espiar a la naturaleza, de compartir con los corzos momentos inolvidables, de fundirse con nuestros propios pensamientos, de cumplir, en suma, con el legado de nuestros ancestros.

LA MODALIDAD DEL RECECHO

Cualquier ungulado cinegético, por raro que nos pueda parecer, puede capturarse a rececho. Bien es cierto que no todas las especies presentan el mismo grado de dificultad. De entre todos ellos quizá sea el corzo, uno de los más difíciles, si no por su entorno vital –el bosque-, sí por lo impredecible de sus costumbres y por la agudeza de sus sentidos. Enfrentarse a todo un especialista del camuflaje en su medio es un auténtico reto que, en muchas ocasiones, puede acabar con la paciencia de muchos.

La caza, en general, se puede dividir de forma simple, en dos grandes estrategias venatorias: la batida, en la que la pieza es conducida hasta el cazador, y el rececho, en la que el cazador es el encargado de llegar hasta la pieza. Variedades alternativas son el acecho y la espera, en la que el cazador opta por esperar a que la pieza venga hasta él de forma fortuita o aprovechando las querencias naturales de los animales.

 

 

En el caso del corzo, son muy pocos los que practican el rececho “sensu stricto”, y son menos los que además optan por una práctica en bosque, donde la búsqueda queda dificultada por la cobertura vegetal, por no hablar de los inevitables sonidos que producimos al caminar y que alertan a propios y a extraños de nuestra presencia. El caso más habitual, sin embargo, es una mezcla de acecho y rececho, de espera y acercamiento, en medios mixtos de bosque y cultivo. Por no hablar de aquellos que, en mi opinión, alejados del concepto de caza tradicional, abusan de la tecnología y, cómodos en su vehículo, prospectan el medio en busca del ansiado trofeo, aprovechando la escasa timidez de los animales ante los ingenios motorizados. Cierto es que ésto es más una cuestión estética y purista que práctica, siempre que se esté autorizado para hacerlo y se cumpla con el plan de gestión establecido, pero no deja de proporcionar una imagen bastante distante del legado venatorio de nuestros antepasados.

El caso es que el rececho, en su sentido amplio de la palabra, proporciona al cazador un surtido de experiencias e imágenes difíciles de encontrar en cualquier otra modalidad. Ya sea de forma solitaria, o en la compañía de un guarda experto, las sensaciones, los olores, los sonidos percibidos durante su práctica nos ayudan a fundirnos en la naturaleza, nos obligan ha ver y oír como los corzos, a sentirnos plenamente satisfechos sea cual sea el resultado de la cacería.

Todo buen especialista sabe que el corzo no se caza con las piernas, se caza con los sentidos por lo que ir provistos de la óptica adecuada, ir pertrechados con una ropa ligera y poco ruidosa en los movimientos, y con la consiguiente dosis de paciencia y relajación, son los factores que van a permitirnos completar un acto cinegético satisfactorio.

EL CONOCIMIENTO DE LA BIOLOGÍA DEL CORZO

El acto venatorio debe de comenzar en la biblioteca. Todo predador -y en la caza somos nosotros los que asumimos este papel- conoce las características biológicas de su presa a la perfección. Conoce sus costumbres, sus períodos de actividad, sus lugares de alimentación, sus ritmos diarios, sus comportamientos de huída y defensa, todos y cada uno de los aspectos que van a afectar al resultado de la cacería. Pues bien, en el caso del cazador de rececho, la bibliografía y la experiencia son las mejores compañeras de viaje. Y más aun en el caso del corzo, un animal impredecible en muchas de sus reacciones. Cuantas veces hemos leído y oído que el corzo es un animal crepuscular y sin embargo asistimos a imágenes imposibles de corzos pastando en plena calima veraniega. En no pocas ocasiones hemos comprobado como, a pesar de los que se empeñan en encasillar al corzo en unos roles comportamentales rígidos, se parece más a nosotros de lo que pensamos, y gozan de lo que entendemos como libre albedrío. Pero ésto es el corzo, brujo e invisible, listo pero a la vez aparentemente “tonto” y curioso.

Por tanto, la cultura en la caza del corzo adquiere un papel preponderante, más si proviene de gente experimentada en el campo que, tras largos años de atenta observación, son capaces de elaborar todo un manual práctico de etología del corzo en su zona. No obstante, en cada tipo de medio el corzo tiene sus propias reglas de comportamiento, y si queremos ser unos expertos en todo tipo de situaciones, deberemos de profundizar más en los conocimientos. Tendremos que recurrir a la lectura de valiosos documentos científicos que nos aporten los conocimientos necesarios para recechar con la sabiduría requerida para vencer a un verdadero especialista del camuflaje y de la vida en libertad.

EL JUICIO DEL CORZO DESDE LA PERSPECTIVA DE LA GESTIÓN

Los tiempos en los que cazar era una cuestión de supervivencia quedan ya, para el cazador moderno, bastante lejanos. Ahora la caza debe de ser entendida, pues, como una actividad lúdica en la que estamos obligados a compaginar nuestro lógico sentimiento egoísta con la correcta y equilibrada conservación de la especie. Quizá en este sentido, la caza de nuestros antepasados, era una actividad más racional, en el sentido de que la captura era un simple hecho causal en el que la presa era el ejemplar peor dotado para burlar a sus predadores. Ahora, esta actividad tecnificada, requiere una atenta valoración del ejemplar antes de proceder a su captura. Recodemos que vivimos unos tiempos en los que la fauna cinegética silvestre, por el hecho de ser objeto de aprovechamiento, necesita de una gestión meticulosa que garantice su preservación. Además, esa gestión debe de abarcar poblaciones enteras o por lo menos territorios amplios donde un cierto número de corzos desarrollan su ciclo vital. De nada o de muy poco sirve una ordenación local a pesar del carácter territorial del corzo, pues las actuaciones periféricas, influirán en el destino de la subpoblación de nuestro coto de caza. Por el contrario, una buena planificación a nivel regional puede contribuir a contrarrestar una desacertada gestión de los terrenos colindantes.

Por tanto, a la dificultad de localizar al siempre esquivo corzo, tenemos que añadir la obligación de identificarlo y de prejuzgarlo, admitiendo que el grado de error puede ser manifiesto y ostensible, debido a la extraordinaria dificultad de efectuar una observación clara y precisa. Y fijémonos que, hasta ahora, no hemos hablado en ningún momento de trofeo, sino de juicio general del animal, de su sexo, su edad, estado físico, etc. Desconfiemos de aquellos que juzgan a un corzo en el campo por puntos, es decir, con capacidad para homologar el trofeo a más de 100 m de distancia y en condiciones pésimas de visibilidad. Aparte de que, personalmente, me parece una visión triste y egoísta del acto cinegético, mi experiencia me permite afirmar que es imposible.

No obstante, sí podemos fijarnos en una serie de detalles que nos permitan cazar de forma selectiva, bien con criterios trofeísticos, bien con otro tipo de objetivos. Pero hasta en eso los corzos, y sobre todo los ibéricos –según los últimos trabajos efectuados sobre la cuerna en España- presentan una alta variabilidad de desarrollo tanto geográfica como intrapoblacional con lo que las generalidades de poco sirven.

 

 

No obstante, de forma general, podemos fijarnos en una serie de detalles que nos permitan aproximarnos a enjuiciar al animal:

  1. Plano de las rosetas

Es conocido por la mayoría de los aficionados al corzo, y los últimos estudios así lo demuestran de forma taxativa, que el plano de las rosetas con respecto al hueso frontal va variando a medida que los corzos ganan en edad. Así los machos de primera cabeza, presentan un plano de rosetas cóncavo, dirigido hacia el frontal en el espacio que queda entre las cuernas. A medida que el corzo adquiere mayor desarrollo físico, este plano va ganando la componente horizontal para tornarse convexo, en los corzos de mayor edad.

  1. Altura de la cuerna

Aunque no sea un parámetro relacionado directamente con la edad del animal, si es cierto que puede ser requerido cuando de lo que se trate es de efectuar una extracción trofeística. Para ello lo mejor es realizar una comparativa de la altura de las astas con la longitud del pabellón auricular del animal, más o menos constante en los corzos a partir de los dos años de vida, y que varía de 120 a 150 mm.

  1. Diámetro de la roseta

Parece demostrado, aunque con enormes variabilidades poblacionales, que a medida que aumenta la edad del animal se incrementa el perímetro de las rosetas, independientemente, incluso, del resto de parámetros de la cuerna. Un método sencillo de estimar en el campo esta medida es compararla con el diámetro del ojo del animal. Partiendo de la base de que la orbita ocular de un corzo adulto presenta un diámetro aproximado de 30 a 33 mm, podemos estimar que un corzo cuya roseta sea superior al diámetro ocular, tiene más de dos años.

  1. Grosor del cuello

El cuello sin duda es otro factor que, tanto en machos como hembras, puede darnos pistas de la edad del animal. Así animales con un cuello corto y grueso tiene más edad que los de cuello largo y fino, más propio, este último de crías y subadultos.

EL TROFEO DE CORZO

Lógicamente todo buen cazador de corzos, máxime si la captura entraña un gran esfuerzo de constancia y paciencia, anhela la consecución de un magnífico trofeo. No obstante, no se puede perder de vista el hecho de que el trofeo de un ungulado es el resultado de una historia natural que ha ido seleccionando las mejores armas para los mejores reproductores. Por tanto, cazadores y gestores de poblaciones de corzos tienen que dedicar el máximo respeto a esta regla, debiendo tener presente, en todo momento, que la proporción de buenos trofeos es mínima dentro de una población, situación que se acentúa si las densidades son altas y en la zona existe una alta frecuencia de cacerías de jabalí invernales. Es buen momento para recordar que el corzo es el único cérvido europeo que renueva sus cuernas en el período más desfavorable del año, en pleno invierno, momento en el que la disponibilidad de alimento es mínima. Por tanto del grado de tranquilidad del que disponga el animal en ese período, por economía energética, dependerá el desarrollo del trofeo.

Seamos pues conscientes de nuestra responsabilidad en la conservación y cumplamos fielmente con los planes de gestión, capturando sólo aquello que de verdad debamos, poniendo la misma ilusión y el mismo interés por cualquier tipo de corzo, sea un simple e inocente vareto o uno de alta puntuación. Dejémonos embrujar por el acto cinegético en sí, por los fríos amaneceres primaverales y las tardes de ausencia de avistamientos, y olvidémonos de los puntos, las densidades y los pesos. Un corzo es sólo un corzo, un animal silvestre y libre, dispuesto a defender su vida con todo su despliegue estratégico, y nosotros somos sólo unos cazadores, no unos coleccionistas de cuernos.

 

 

EL REMATE DEL RECECHO

Conseguida la ansiada captura, no ha finalizado el acto cinegético. Queda el repaso al lance, la historia de una estrategia, el homenaje al noble animal y la foto para el recuerdo. En este aspecto, cuidado con las imágenes que tomamos de nuestro corzo. Evitemos, en la medida de lo posible la sangre, tapando la herida con algún elemento vegetal sin es necesario, y procuremos que el animal se muestre en todo su esplendor, sin posturas antinaturales. Una composición que todo el mundo, cazadores y no cazadores, puedan contemplar con sosiego, a pesar, lógicamente, que se trata de un animal sin vida.

Resta además, la toma de datos biométricos tan útiles para que el responsable de la gestión pueda realizar un seguimiento adecuado de la población y se puedan obtener la información necesaria de las capturas que, de otra manera, se perdería o sería difícil de obtener. Es el justo homenaje a un animal que nos entrega su vida y es su contribución altruista a la perpetuación de su especie.

NO PODEMOS FALLAR

El corzo es una de nuestras joyas naturales más preciadas. Su historia natural está repleta de episodios de expansión y regresión demográfica en los que la mano del hombre siempre ha tenido que algo que ver. En la actualidad estamos viviendo una época de incremento expansivo que está provocando un relanzamiento de su caza y la incorporación de muchos cazadores a la modalidad de rececho. Pero el que vivamos un momento de “vacas gordas” no implica que podamos hacer las cosas mal, que volvamos a cometer unos errores de gestión ambiental de sobra conocidos. Nuestro deber es cumplir con la especie, aumentar los conocimientos sobre ella y rendirle el justo homenaje venatorio. Su encanto, su discreción y su intimidad bien valen un esfuerzo importante, porque sólo así la satisfacción estará asegurada.